La teoría clásica de la verdad es la que va desde Aristóteles (s IV a. C) hasta el matemático y lógico polaco Alfred Tarski. Podemoas llamar también a esta teoría, la teoría realista de la verdad. Según ella, la verdad:
Eso significa que de expresiones como:
no se puede decir que sean verdaderas ni falsas, justamente porque no se afirma ni se niega nada de ellas: no son enunciados, sino sintagmas (1 y 3) o mandatos (2). En cambio:
sí pueden ser verdaderos o falsos (por ejemplo, sabemos que 1 no es verdadero).
Vemos un ejemplo. El enunciado
Éste es un enunciado, y por tanto, como todo enunciado, es verdadero es falso. Si es verdadero o falso depende de si hay un cisne en al otro lado de la puerta, no de si creemos o de si sabemos si tal cisne existe.
Lo que sabemos o creemos saber son estados de nuestra mente, que no afectan a la verdad de los enunciados. La verdad de éstos sólo depende de los estados de cosas, del mundo. Por eso mismo se suele llamar a esta teoría de la verdad teoría realista o, también teoría de la correspondencia (la verdad como una correspondencia entre los enunciados, o los pensamientos, y el mundo) o, también, teoría semántica.
Existe en realidad otra gran teoría, que es la teoría de la verdad como coherencia, o teoría coherentista, también llamada, a veces, antitrrealismo, sin más. Según el antirrealismo, la verdad de un enunciado depende de que sea coherente (i.e., no contradiga) al resto de enunciados que son tomados por verdaderos en una comunidad dada. Pero, un momento, pensará alguien: a su vez, al resto de los enunciados considerados verdaderos en una comunidad, ¿qué es lo que los hace verdaderos? La respuesta es similar: que tampoco contradigan los enunciados considerados verdaderos en una comunidad. Pero, entonces, seguiréis preguntando: ¿cuál es la relación de los enunciados verdaderos con la realidad? Bien, según los antirrealistas, en rigor sólo podemos comparar los enunciados con otros enunciados, no con una realidad propiamente dicha. De tal manera que cada comunidad da por verdaderos un conjunto de enunciados y, después, cualquier enunciado verdadero debe cumplir la condición de ser coherente con ellos.
Por supuesto, el antirrealismo suele conducir a posturas relativistas, parecidas a las que veíamos al tratar el relativismo cultural. Existen comunidades, y cada comunidad tiene su propio sistema de creencias, y no existe forma de distinguir entre sistemas de creencias verdaderos y falsos. Por ello, cada enunciado sólo será verdadero o falos en el seno de un conjunto de creencias.
Por cierto, tal vez a estas alturas alguno de mis sufridos y aplicados alumnos está pensando que esto de la verdad como coherencia es un disparate. Y a lo mejor tiene razón: ¿qué es eso de que la verdad depende de lo que una comunidad tome por verdadero? Bien, estoy de acuerdo, pero entonces debería pensar cuántas veces no ha repetido él mismo que las cosas son relativas o, sobre todo, eso de que cada uno tiene su opinión.
NOTA: lo contrario de verdad no es mentira, sino falsedad. La mentira no es una categoría epistemológica, sino moral: mentir es mantener un enunciado falso sabiendo que es falso.
En general, certeza significa ausencia de duda. Existen dos grandes sentidos en que podemos entender la certeza: la certeza psicológica (creencia) y la certeza epistémica, (evidencia).
La certeza en el sentido psicológico es un estado mental que consiste en ausencia de duda respecto a la verdad de un enunciado. Por ejemplo, todos solemos tener certeza de la estación del año en la que nos encontramos, o en que el coche que tenemos delante es de color rojo, o en que 2+2=4, o en que le todo es mayor que la parte. Sin embargo, a veces también ocurre que podemos tener certeza (ausencia de duda) respeto a un enunciado falso. Por ejemplo,
Todos sabemos que (1) y (2) son enunciados falsos. Pero también ocurre que los niños de cinco o seis años no suelen tener dudas respecto a la verdad de (1), de igual modo que, antes de Copérnico y de Galileo, casi todo el mundo tenía certeza de (2). Tanto (1) como (2) son anunciados falsos en el sentido de que no existe n hecho en el mundo que los haga verdaderos, pero ha habido ocasiones en que los hombres, o los niños, no han tenido dudas de su verdad. O sea, han tenido la certeza de que (1) o (2) eran enunciados verdaderos.
Uno de los problemas de la filosofía de la mente en relación con las creencias (con la certeza subjetiva) es la de si podemos elegirlas libremente. Por ejemplo: ¿podemos elegir creer o no en Dios? ¿Podemos cambiar libremente de creencia sobre la fuerza de gravedad? ¿Y sobre nuestras creencias políticas o morales? Según el filósofo escocés David Hume, tal cosa no era posible.
La certeza en sentido objetivo o epistémica se refiere a la ausencia de duda respecto a la verdad de un enunciado, no por causas subjetivas, sino por la existencia de evidencias a favor de esa verdad. Aquí ya no se trata de si alguien tiene certeza o no, sino de si una creencia o un enunciado es o no cierto. En este sentido, la certeza epistémica viene a ser indudabilidad. Por ejemplo, decimos que enunciados o conclusiones como
son ciertas, en el sentido de ser indudables. Ahora bien, al igual que ocurría con la certeza psicológica, también existen diferentes grados de certeza en este sentido.
Así por ejemplo, los enunciados anteriores (1, 2 y 3) son más ciertos que estos otros:
Y al mismo tiempo, parece que (4) y (5) son más ciertos que, por ejemplo:
En general, casi todos pensamos que (1), (2) y (3) son más ciertos (poseen mayores evidencias) que (4) y (5), y al mismo tiempo también solemos creer que éstos últimos son más ciertos que (6) y (7). La razón es que las evidencias (las pruebas, los indicios…) para cada uno de los enunciados son diferentes. Nos parece evidente que el todo es mayor que sus partes (la verdad de este enunciado depende, sin más, del significado de sus términos), mientras que poseemos indicios débiles para (6) y (7).
Eso no quiere decir que una persona no pueda tener al menos tanta certeza subjetiva de (6) como de (7). Pero debemos darnos cuenta de que en los debates públicos, ya sea académicos, científicos o, simplemente, con pretensiones de racionalidad, debemos distinguir entre aquello para lo que existe certeza epistémica (y en qué grado) y aquellas creencias de la que sólo tenemos una certeza psicológica. Con frecuencia, las personas sólo somos capaces de decir a favor de la verdad e n enunciado que “estamos convencidos de que es así”. Pero eso no significa apenas nada, salvo la ausencia psicológica de dudas que tenemos. En un debate serio, lo que cuenta no son nuestros estados respecto a la verdad de los enunciados, sino las evidencias que seamos capaces de aportar sobre dicha verdad.