pascualgc.com Filosofía I Determinismo y libre albedrío

Del mito al logos

Pascual González

Apuntes de Filosofía. 1º de Bachillerato

El Determinismo

El determinismo es la negación de que poseamos una voluntad libre. La negación, pues de eso que hemos llamado “libertad de querer”. Veamos algunas de las teorías deterministas que se han formulado en la historia de la filosofía y de la ciencia.

El determinismo físico.

El determinismo físico tiene como base la revolución científica que tuvo lugar entre los siglos XVI y XVII y que culmina con la física de Newton. La nueva ciencia nacida de ese proceso mantiene una imagen del mundo físico que podemos llamar “mecanicista”. Básicamente: el mundo es considerado como un mecanismo gobernado por leyes matemáticas (como la ley de la gravitación universal, o la ley de la inercia, o la definición de la fuerza como el producto de la masa por la aceleración etc.) De alguna manera el mundo se asemeja a un reloj inmenso donde todo lo que ocurre es consecuencia necesaria de las leyes de la naturaleza que gobiernan y de la situación en la que se encuentra el mecanismo en el momento anterior. Como dice Laplace en la introducción a su Tratado sobre la teoría de la probabilidad:

Debemos, pues, considerar el estado presente del universo como el efecto de su estado anterior y como la causa del que seguirá. Una inteligencia que, en un instante dado, conociera todas las fuerzas que animan la Naturaleza y la situación respectiva de los seres que la integran, abrazaría en la misma fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del Universo y los del más ligero átomo; nada sería incierto para ella, y tanto el futuro como el pasado estaría presente a sus ojos.

El argumento es claro: si toda la materia está gobernada, sin excepciones, por leyes que actúan con precisión matemática (como la ley de la gravitación o la de la inercia), entonces todo lo que ocurre en el mundo material está determinado por esas leyes y por la situación previa del mundo. El ejemplo más sencillo que cabe poner de esto es la caída de un grave. Sabemos que en el momento posterior de soltar la tiza que el profesor tiene entre sus dedos, esta estará en el aire cayendo hacia el suelo. Y sabemos también que el acabará en el suelo. Y sabemos, además, que una vez que esté en el suelo, dicha situación es consecuencia necesaria del memento anterior (la tiza, que es una masa, estaba cayendo atraída por la Tierra, que es otra masa) y de las leyes de la naturaleza. En este caso, desde luego, la ley de la gravitación. Queda claro que, una vez que dejamos caer la tiza, el resto de los momentos están determinados por las leyes de la materia.

Pero ¿y si en vez de tratarse de una tiza cayendo en vertical nos estamos refiriendo a un sistema físico tan complejo como una ruleta? Una ruleta que gira a gran velocidad durante numerosos segundos, una bola de cae dentro de su platillo y que va saltando de número en número hasta que la ruleta deja de girar. Imaginemos que cae en el número 8. ¿Cuestión de azar? Lo que dice la mecánica clásica, la mecánica de Newton, de Kant y de Laplace, es que en este tipo de sucesos el azar sólo es el nombre de nuestra incapacidad para prever el resultado. Pero en realidad éste es tan necesario, está tan determinado como el de la tiza que cae en vertical. De hecho, sólo se diferencia en una cosa: en que es mucho –muchísimo- más complejo. Pero una cosa es que dada su complejidad no podamos calcular y predecir el resultado y, otra muy distinta, que se trate de un suceso indeterminado. En realidad, la situación de la bola en cada uno de los momentos del proceso es el efecto necesario de la situación del sistema, con todos los factores que toman parte en el proceso (la ruleta, la bola misma, la masa de la Tierra, el ángulo y la velocidad con los que hayan “entrado” en la platillo de la ruleta, la altitud sobre el nivel del mar etc.) más la acción, igualmente necesaria, de las leyes de la naturaleza: la gravitación, la inercia etc.

Bien, así es el universo newtoniano tal y como muy bien comprendieron Kant y Laplace. Un lugar donde la situación del Universo –de todo el Universo, con todos los fenómenos que lo forman- es consecuencia necesaria de la situación del Universo en el momento anterior más la acción de las leyes de la naturaleza. El problema, tal y como lo entendió Kant, es que lo seres humanos también somos sistemas físicos, dado que estamos hechos de materia. Sin duda, somos muy complejos. Mucho más complejos incluso que una bola saltando en el interior de una ruleta en pleno giro. Pero, en definitiva, igualmente sometidos a la acción de las leyes de la naturaleza. Incluso aunque, como en el caso de los juegos de azar, la complejidad de nuestros cerebros y, en general, de todo nuestro organismo, haga la conducta humana impredecible. Pero, y esto lo importante: impredecible no significa libre. Después de todo, tampoco sabemos predecir si al lanzar una moneda caerá mostrando la cara o la cruz.

En este punto puede ser útil visionar este fragmento de la plícula Waking Life (despertar a la vida), del director norteamericano Richard Linklater. Es una película de animación donde se recrea un gran número de problemas filosóficos clásicos. Este fragmento trata sobre le determinismo y el libre albedrío.

URL: http://www.youtube.com/watch?v=ENb82Sw0Lfw

El determinismo psicológico de Schopenhauer

Según esta postura la voluntad está determinada por el motivo o conjunto de motivos más fuertes; veamos cómo lo expone su más destacado defensor, el filósofo alemán del siglo XIX Arthur Schopenhauer. El compara la voluntad con una balanza. La fase de deliberación se asemeja a lo que sucede en una balanza de dos platillos cuando colocamos pesas en ambos: la balanza oscila, “delibera”, pero al final, ineludiblemente, vencerá el platillo que tenga la pesa más grave. Y algo análogo es lo que sucede en la deliberación humana, en la que los motivos –las pesas- hacen que la voluntad oscile, pero al final, e ineludiblemente- la voluntad será obligada por el motivo más fuerte y decidirá en tal sentido. Lo que sucede, seguirá diciendo Schopenhauer, es que nosotros podemos conocer con toda precisión el peso de las pesas que colocamos en los platillos, y por ello podemos predecir con seguridad de qué lado se inclinará la balanza; en la voluntad, la fuerza o peso de los motivos no puede conocerse con precisión en la mayoría de los casos, y por ello la conducta humana es imprevisible; pero esta imprevisión no se debe a que la voluntad sea libre, sino a nuestra ignorancia del peso de los motivos. La prueba de ello, dirá Schopenhauer, es que, cuando los motivos pueden ser sopesados con nitidez, la conducta humana es perfectamente predecible. Parafraseando y actualizando un ejemplo de Schopenhauer, podríamos pensar en el siguiente caso. A un grupo de estudiantes de 1º de Bachillerato se les propone la alternativa de asistir el viernes por la noche a un concierto de Fangoria, salir de farra después con los coleguillas y acabar durmiendo desde el amanecer hasta la hora del aperitivo del sábado; o bien pasar la tarde del viernes estudiando la geometría de Euclides para ser severamente examinados el sábado a primera hora por el profesor de filosofía, quien, como todos saben, es un sádico incorregible, además de psicópata, ciclotímico, mala persona y sincero admirador de Herodes. Cualquiera podría predecir cuántos estudiantes se hallarían a las ocho y media del sábado colapsando las entradas del instituto. Alguien podría decir que han elegido libremente ir al concierto la noche antes, pero para Schopenhauer se trata de una ilusión: en realidad creen que han sido libres pero no han hecho sino elegir el platillo de la balanza que soportó un motivo-peso más fuerte6. Y, una vez aquélla se inclinó de un brazo, nadie puede escoger el otro. Veamos cómo lo explica este filósofo berlinés:

…imaginémonos un hombre, en medio de la calle, que dice para su capote: “Son la seis de la tarde; ha terminado la jornada. Puedo dar un paseo; o puedo ir al club; o puedo subir a la torre para ver cómo se pone el sol; también puedo irme al teatro, o visitar a este o aquel amigo; o puedo salir campo traviesa y no volver más. Todo esto puedo hacer, en plena libertad; sin embargo, no hago nada de eso, sino que me marcho a casa, porque me da la gana, adonde mi mujer”. Es como si el agua dijera: “Puedo formar olas inmensas (¡ya lo creo!, en el mar embravecido); puedo deslizarme con rapidez (en el lecho de la corriente); o precipitarme espumosa (en la cascada); saltar libre en el aire (en una fuente); puedo hervir y desaparecer (a cien grados); pero, en fin, prefiero quedarme tranquila y clara en este arroyo espejeante”. Del mismo modo como el agua puede hacer cada una de esas cosas únicamente cuando concurren las causas determinantes de cada una de ellas, así el hombre referido no puede hacer nada de lo propuesto sino bajo la misma condición. Le es imposible mientras no se presenten las causas; pero tendrá que hacerlo en cuanto se halle colocado en las circunstancias correspondientes, como le ocurre al agua.

De aquí también que tratándose de una decisión difícil, la resolución nuestra permanece siendo un misterio, como si fuera la de otro, hasta que ha sido decidida; ora creemos que nos decidiremos por este lado, ora por el otro, según que un motivo u otro sea presentado por el entendimiento a la voluntad con mayor proximidad e intente forzarla, que es cuando ese “puedo hacer lo que quiero” produce la apariencia de libertad. Hasta que el motivo más fuerte hace, por fin, valer su poder sobre la voluntad, y la elección es a menudo completamente distinta de la que esperábamos.

Arthur Schopenhauer: Sobre la libertad humana, Revista de Occidente, 1934 p. 110 y ss.