San Agustín vivió entre los siglos IV y V d.C. En este tiempo, el Imperio Romano se halla en plena decadencia y a punto de sucumbir a la presión de los pueblos germánicos. Por otro lado, el cristianismo es la religión oficial del Imperio desde el año 380 (Teodosio) y es mayoritaria en las ciudades. Sin embargo, a diferencia de lo que podríamos pensar, el cristianismo dista mucho de ser una religión monolítica. Al contrario, existen diferentes familias y orientaciones en su seno. De hecho, con San Agustín culmina el llamado período patrístico, llamado así por los “padres de la Iglesia”, que no fueron sino aquellos pensadores cristianos que entre el siglo II y el siglo IV contribuyeron a definir la ortodoxia y a distinguirla de todas aquellas orientaciones (cristianas, desde luego) que acabarían siendo consideradas heréticas.
Una de las herejías a las que San Agustín se opuso con más fuerza fue la del cristianismo gnóstico de Marción, un cristiano del siglo IV originario de Asia Menor y de formación griega. Marción, como casi cualquier teólogo de la época, había intentado resolver uno de los problemas más acuciantes para el cristianismo. Me estoy refiriendo al de cómo hacer compatible el llamado Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. Pensemos que el Yahvé del Tanakh hebreo es muy distinto del Dios Padre que preside, por ejemplo, el Evangelio de Juan, caracterizado por éste como “Amor” o, también, como “Logos”. El Dios que protagoniza el relato del Antiguo Testamento es un Dios corpóreo, celoso, vengativo, cruel, caprichoso y guerrero, aunque también amante de aquellos a quienes convierte en profetas o en reyes de su pueblo, como David o Salomón. Frente a esta concepción, el cristianismo de San Juan opuso un Dios incorpóreo, racional, definido como amor y que obra de acuerdo con un plan para toda la humanidad.
Hay algo más que a los cristianos griegos (como Marción), conocedores los filósofos helenísticos, les resultaba molesto del Dios del antiguo Testamento: que fuera un Dios creador. En la tradición de la filosofía griega y latina, Dios no es creador, pues se piensa que no tiene necesidad de otras cosas que no sean él mismo. Además, el pensamiento antiguo despreció la actividad artesanal y manual, y la imagen de un Dios que crea el cosmos, o que genera al hombre a partir del barro recordaba demasiado al trabajo de los artesanos, clase social a la que los filósofos antiguos solían menospreciar. Por si fuera poco, la filosofía griega, sobre todo la más influida por Platón, despreciaba la materia como fuente del mal en el mundo. Así que ¿por qué un Dios bondadoso, racional y sabio había de crear un mundo material, incluidos los cuerpos donde el alma de los hombres se encontraban aprisionadas y que eran la principal fuente de la desgracia y la limitaciones humanas? No. Aquello no tenía demasiado sentido para muchos cristianos, como Marción, educados en la filosofía antigua.
De hecho, le resultaba tan difícil hacer compatibles el Antiguo y el Nuevo Testamento que pensó que en realidad no lo eran. No sólo se trataba de libros incompatibles. También los dioses que presiden una y otra colección de libros eran dioses distintos e irreconciliables. Por un lado, Yahvé, el Dios que protagoniza el Antiguo Testamento y, por otro, el Jesús el Cristo, protagonista del Nuevo Testamento.
Yahvé es un dios vengativo, cruel, caprichoso, mudable y sumamente celoso. Es culpable de haber creado un mundo material y, por tanto, imperfecto y corrompido. Cristo es, para Marción, un Dios salvador, en el sentido en que su enseñanza más importante es una guía para renunciar al mundo. Para este filósofo y teólogo griego, la sabiduría, la gnosis2, consiste en reconocer a ese Dios opuesto al del Antiguo Testamento como una vía tanto de salvación como de liberación del mundo.
San Agustín opinaba de un modo muy diferente al de Marción. Para él el Dios creador del que habla el Génesis y el Dios-Cristo redentor del que hablan los Evangelios (sobre todo el de Juan3) y las cartas de Pablo son uno y el mismo. Pero para justificar tal cosa debía resolver el llamado problema del mal. ¿En qué consiste dicho problema?
Lo cierto es que quien mejor lo define no es ningún teólogo cristiano sino pagano. Epicuro dice que Dios no puede ser infinitamente justo e infinitamente poderoso al mismo tiempo. Dado que el mal y la imperfección existen, si Dios fuera infinitamente justo, entonces deberíamos concluir que no es lo suficientemente poderoso como para impedirlo. Pero si lo fuera, si fuese omnipotente y, por tanto, pudiese impedir la imperfección y el mal existentes, entonces, puesto que no lo hace, habría que decir que Dios no desea tal cosa y, por tanto, no es infinitamente justo.
Este argumento no afectaba demasiado a los dioses de los filósofos griegos, puesto que los filósofos antiguos no pensaban que dios fuera el creador del mundo y, por tanto, debían ser declarados inocentes respecto a los males del mundo. Los filósofos griegos, sobre todo los del helenismo tardío, solían pensar que le mal y la imperfección procedían de la materia. Por ejemplo, de nuestros cuerpos materiales que, con todos sus deseos y sus instintos, a menudo nos nublan la razón. Pero, después de todo, ningún dios, pensaban ellos, ha creado la materia con las que están hechos nuestros cuerpos y el mundo natural, de modo que ningún dios es culpable.
El problema para los teólogos cristianos en general y para San Agustín en particular, es que para ellos Dios no sólo ha creado el mundo, sino que incluso es el creador de la materia de la cual esta hecho. De ese modo, si el mundo y la materia son imperfectos, si nuestros cuerpos materiales son un obstáculo para nuestra razón y para nuestra moral (así pensaban muchos de los filósofos de la antigüedad tardía, sobre todo a partir del siglo II d.C.) se hacía inevitable la pregunta: ¿por qué Dios ha creado un mundo material y, por tanto, imperfecto y alejado del bien? Dicho de otro modo: si Dios ha creado el mundo, si Dios es infinitamente bueno y omnipotente al mismo tiempo, entonces: ¿por qué existe el mal?
Ése va a ser el gran problema de la teología cristiana a lo largo de los siglos. Mucho más agudo que el problema de la existencia de Dios. Pues este último no va a ser un problema realmente serio hasta el siglo XVIII y, sobre todo, el XIX, cuando hagan su aparición Spinoza (s. XVII), Kant (s. XVIII) y, quizá sobre todo, Marx y Darwin (segunda mitad del siglo XIX). Pero al menos hasta la Ilustración la mayoría de los filósofos pensaba que era necesaria la existencia de algún ser que operase como primera causa del mundo y de todas las cosas. Y es lo que venía a ser Dios. Quizá fuera imposible demostrar la existencia de Yahvé, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Incluso era difícil demostrar que Dios fuera el logos del que hablaba San Juan. Mucho menos que dicho logos se encarnase en un ser humano viviente. Pero en todo caso los teólogos sí pensaban que era necesaria la existencia de algún Dios que hubiese creado el mundo, las leyes de la naturaleza, las nociones del bien y del mal y que, además, mantuviese dicho mundo en funcionamiento, tal y como un relojero hacía con los relojes que él mismo diseñaba y construía. Por si fuera poco, ahí estaba el exuberante y asombroso reino de lo biológico, con todos esos organismos –empezando por el cuerpo humano- tan bien diseñados. ¿Cómo es posible –siguió siendo la pregunta aun mucho después de Darwin- que una rosa o un ruiseñor, teniendo una estructura tan compleja, sean fruto del azar, sin más?4
Bien, la respuesta principal al llamado problema del mal en el contexto de la teología cristiana la ofreció San Agustín. Todavía hoy continúa siendo la respuesta preferida de prácticamente todas las iglesias y familias del cristianismo. El argumento de San Agustín es que la causa del mal no es ni el mundo creado por Dios ni, mucho menos, Dios mismo. En lugar de tal cosa, la causa del mal es la libertad humana. Son los hombres, cuando eligen un grado menor de bien, en vez de otro mayor, quienes están produciendo el mal. Y éste es el origen, según algunos5 historiadores de las ideas, de la idea de libre albedrío.
Por cierto, no me resisto aquí a ofrecer la expresión que más me gusta de la idea de San Agustín. Pertenece al gran poema épico Paraíso perdido, del también inmenso poeta del siglo XVII John Milton. En él Milton narra la expulsión de Satán del Reino de los Cielos, de su huida a las profundidades del Infierno y de cómo trama venganza tentando a Adán y a Eva para que desobedezcan a Dios y arruinar así la existencia de sus criaturas más queridas. El siguiente fragmento corresponde a la reacción de Dios ante la desobediencia de Eva y de Adán. Lo que aquí más nos interesa es cómo Milton recurre, trece siglos después, a la misma idea de San Agustín:
Pues el hombre escuchará sus tretas halagüeñas [de Satán]
Y pronto quebrará el único mandato,
Sola prenda de obediencia: así caerá
Él y su infiel progenie: ¿y de quién la falta?
¿De quién, sino la suya? Tuvo de mí el ingrato
Todo cuanto pudo; justo y recto yo le hice,
Bien capaz de resistir, mas libre de caer.
Así creé a todos los etéreos Poderes,
Los Espíritus, los que aguantaron o cayeron:
Libre aguantó quien aguantó, y libre quien cayó.
Sin libertad ¿qué prueba me darían, leal,
De alianza verdadera, fe constante, o amor,
Si sólo lo obligado, mas no lo querido,
Estuviera a su alcance? ¿Qué elogio les daríamos?
¿Qué placer tendría yo en obediencia semejante,
Si la voluntad y la razón (razón también es elección)
Inútiles y vanas, de autonomía exentas ambas,
Y pasivas ambas, han servido a la necesidad,
No a mí. De este modo, como era recto,
Tal se les creó y no pueden con justicia incriminar
A su Hacedor, su hechura, o su destino,
Cual si su albedrío la predestinación
Revocase, implantada por Decreto absoluto
O Presciencia magna: ellos mismos decretaron
Su revuelta, no yo (III.93-117). [mi negrita].
Esas palabras, “capaz de resistir, mas libre de caer”, expresan al a perfección la idea de libertad (en el sentido de libre albedrío) que al menos desde San Agustín las principales corrientes de la filosofía han aceptado hasta, al menos, el siglo XIX.
Si nos fijamos, detrás de las ideas de San Agustín y de tantos otros que las aceptaron (y aun las siguen aceptando hoy) encontramos determinadas ideas sobre lo que es el hombre. O sea, encontramos una antropología. Veámosla.
San Agustín hereda su antropología de Platón y, sobre todo, del neoplatonismo. Según la antropología platónica, al a que como decimos San Agustín está abonado, en el hombre existen dos elementos: un cuerpo material y un alma inmaterial. Los platónicos (y San Agustín no es aquí ninguna excepción) siempre pensaron que el cuerpo era un elemento problemático. Sujeto a cambios constantes, a tentaciones, a instintos difíciles de controlar, el cuerpo muestra una atracción casi irreprimible por lo que, como él, es material: la comida, la bebida, el sexo y, en general, todos los placeres sensibles de la vida. El alma, en cambio, obtiene su placer de objetos intelectuales. No sólo eso, al alma, concretamente a esa parte de ella llamada voluntad, es a la que le corresponde tomar decisiones sobre la acción. Según la ya tradicional antropología platónica y agustiniana, por muchos que sean los deseos (apetencias) a los que el cuerpo está sometido, es la voluntad (que forma parte, como decimos, el alma inmaterial) la instancia que finalmente toma la decisión final sobre la acción.
Con frecuencia, San Agustín y otros filósofos explicaban esta situación mediante una metáfora náutica. El ser humano es como un barco y el alma inmaterial es como el piloto que lo gobierna. A veces se declara una tormenta, y los vientos y las olas empujan violentamente al barco, de forma similar a como los apetitos (la gula, la pereza, el deseo sexual, el ansia de poder etc.) mueven nuestro ánimo. Pues bien, según San Agustín, y John Milton y tantos otros, ese piloto del ser humano que es el alma, inmaterial, racional y libre, siempre será el último responsable de las acciones de aquél Y ello por muy fuerte que sea la “tormenta de apetitos y deseos” con la que ha luchar. A eso es la lo que el Yahvé de John Milton se refiere con “capaz de resistir, mas libre de caer”.
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