pascualgc.com Filosofía I

Del mito al logos

Pascual González

Apuntes de Filosofía. 1º de Bachillerato

Puede verse una presentación de este tema aquí

¿Qué es eso de logos?

Tuvo lugar una guerra entre los lidios y los medos. Dentro de ella incluso llevaron a cabo una batalla de noche:... en el sexto año, iniciado el combate, les aconteció que, trabada la batalla, el día de repente se hizo noche. (Thales de Mileto había predicho a los jonios que sucedería esta mutación del día...). Y los lidios y los medos, cuando vieron que se hacía de noche en lugar del día, pusieron fin a la batalla y de manera especial se apresuraron... a que se hiciera la paz entre ellos.

Heródoto, Historias I,74

Era el año 585 a.C., y Thales de Mileto predijo un eclipse. El hecho es crucial, pues representa el nacimiento de una nueva forma de entender el mundo, una nueva cosmovisión que habría de afectar a toda la cultura occidental posterior. Se trata del nacimiento de la filosofía o, mejor, del logos. Logos significa en griego palabra, discurso, y también razón. De momento, nos bastará saber que con tal término se hacía referencia al conjunto de discursos, de estilos de habla, sobre el mundo y sobre el hombre que no podían ser encuadrados dentro del mito tradicional. A menudo se presenta la aparición de este nuevo estilo de habla como una especie de iluminación repentina de las mentes de los griegos. Debemos advertir desde el principio que esta visión de las cosas es incorrecta. En primer lugar, no todos los griegos practicaron ni mucho menos- la filosofía. La mayoría continuó apegada a las creencias tradicionales, y sólo una elite cultural, con acceso a textos escritos, y ociosa (esto es muy importante) se inició en la empresa de sustituir la vieja cultura mítica por la nueva racional. De lo que se trata de ver ahora es en qué ámbitos apareció el logos. Para ello sirva como guía el siguiente esquema.

Física: idea de naturaleza (Physis)

Geometría: Idea de prueba demostrativa (apodeixis)

Ética: Discurso racional sobre el bien

Historia: Investigación sobre el pasado sobre la base de los testigos y los documentos.

Física (I). La cosmología y el concepto de naturaleza

La palabra física proviene de un término griego: physis. El de physis fue uno de los conceptos más importantes de la filosofía griega. Los latinos lo tradujeron posteriormente por Natura (naturaleza). Ahora se trata de aclarar qué significó el uso de este concepto en el pensamiento filosófico de la antigüedad. Physis llevaba aparejadas dos nociones:

a) Movimiento.

La physis se refería al conjunto de las cosas que están sujetas al movimiento. Sólo que el concepto griego de movimiento es más amplio que el nuestro, y en consecuencia también su idea de física. Por ejemplo, lo que hoy llamamos biología fue para los primeros filósofos griegos física también, pues los seres vivos están sujetos al movimiento: nacen, crecen y mueren. De manera que la física era algo así como el conjunto de lo que hoy llamamos ciencias de la naturaleza (física, química, zoología, astronomía...)

b) Autonomía.

Además la naturaleza es autónoma o, por decirlo en palabras de Aristóteles, tiene dentro de sí el principio de su movimiento. En realidad se trata de algo muy sencillo: cuando los hombres creían en los mitos, éstos solían representar al mundo como una especie de escenario donde los dioses y otras potencias sobrenaturales ejercían su fuerza y expresaban su poder de manera caprichosa. De ese modo cualquier fenómeno natural era frecuentemente atribuido a la acción de un dios, cuya voluntad sólo una casta de sacerdotes era capaz de interpretar: un eclipse, un diluvio, una estrella fugaz, el canto del gallo o la forma de una roca etc. etc.: todo lo explica algún mito o algún oráculo. En cambio el concepto de physis supone que lo que ocurre en el mundo ocurre por causas que no están fuera del mismo. Así por ejemplo, la causa de un terremoto se halla en la propia naturaleza; lo mismo podemos decir de las corrientes marinas, de la alternancia entre el día y la noche... en fin, de todo cuanto ocurre en la naturaleza.

La física de los antiguos filósofos griegos se ocupaba de indagar sobre dos ámbitos de la realidad: el mundo y el cuerpo humano. Al discurso sobre el primero lo llamaremos cosmología. Al discurso sobre el segundo, medicina.

El primer filósofo -del que tengamos constrancia- que se ocupó de la cosmología fue Thales de Mileto. Para él lo fundamental para elaborar una teoría racional del mundo físico era encontrar el elemento del cual provenían todas las cosas. A este elemento le asignó el nombre de arjé, que en griego significa principio (esto es, aquello de lo cual provienen todas las cosas, aquello que es lo primero en importancia). Según Thales el arjé, el principio del cual provienen todas las cosas es el agua. Esto se lo pareció a Thales porque el agua se encuentra prácticamente en todas las cosas: en el cuerpo humano, en los alimentos, en el aire, en el mar... Por supuesto que desde nuestro punto de vista el pensamiento de Thales nos parece extraño y estrambótico, pero debemos tener en cuenta que es la primera vez en que el principio de la realidad física no era un Dios, sino un elemento natural, un componente de la naturaleza. Por primera vez se intentaba explicar aquélla sin recurrir a los dioses. Esto ya es un mérito, con independencia de que casi todo lo que dijo Thales fuera falso.

Física (II): la medicina y la naturalización de la enfermedad

Además de la cosmología, existe otro discurso integrado en la física antigua: la medicina. Puede parecer extraño llamarla física, pero de hecho, en el griego de la antigüedad, cuando se hablaba de los físicos, era con frecuencia para referirse a los médicos. La razón está en que el cuerpo humano fue entendido frecuentemente como una parte más del cosmos. Otras veces fue entendido como una especie de cosmos en miniatura, algo así como un mundo dentro de otro mundo. Cuando se entendía de esta última manera, el universo y el cuerpo humano eran distinguidos usando los términos de macrocosmos para el primero y microcosmos para el segundo. Pues bien, al igual que ocurre con la física, que intentó ofrecer una imagen racional de la naturaleza, del macrocosmos, presentándolo como algo autónomo, independiente de potencias sobrenaturales, la medicina, al menos desde Hipócrates, al que consideramos hoy su fundador en Occidente, también se liberó de la concepción sagrada y mágica del cuerpo humano.

Los antiguos mitos solían considerar que el cuerpo estaba sometido a castigos provenientes de los dioses. De ese modo la enfermedad tenía un componente moral: era un castigo cuya curación dependía de la voluntad de algún dios. Todavía hoy, a poco que nos esforcemos por observar el mundo donde vivimos, podemos ver que estas antiguas creencias siguen teniendo vigor. En realidad nunca han desaparecido, por más que la medicina "oficial" se empeñe en desmentirlo. En cualquier caso, creencias como el mal de ojo o la curación por imposición de manos son vestigios de los modos arcaicos de considerar la enfermedad. Aquí consideraremos un ejemplo de estas creencias transmitido por el registro mitológico griego. Ya hemos hablado del comienzo de la Ilíada. En él se relata que Apolo está atacando al ejército de los griegos por medio de flechas invisibles envenenadas con la peste. Por ello los aqueos -los griegos- están cayendo en grandes cantidades. Después se narra como llega el nerviosismo entre sus filas, hasta que finalmente se explica la causa de la epidemia: los griegos habían raptado anteriormente a una joven troyana, Briseida. Ésta resultaba ser hija de Crises, sacerdote del dios Apolo. Al sentirse ultrajado el anciano sacerdote pide al dios a quien había servido durante toda su vida que remedie su situación, lo que Apolo concede mediante la determinación de propagar la peste entre los griegos mientras no devolviesen a Briseida a su padre. Cuando aquéllos finalmente se advienen a devolver a la muchacha la peste cesa. La curación se halla por tanto en manos del dios. Esta es la idea que la medicina racional griega comienza a desterrar. Por primera vez aparece una concepción profana -desacralizada- de la enfermedad.

La teoría más célebre de la antigua medicina es la llamada teoría humoral. Según esta en el cuerpo humano existen cuatro humores o fluidos: la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema. Cada uno de estos humores tiene unas propiedades (pueden ser secos, fríos, calientes o húmedos). También influye sobre el carácter. Además, cada uno de ellos está asociado a una estación anual tal como muestra la siguiente tabla

HumorEstaciónCualidadesCarácter
SangrePrimaveraCaliente y húmedaSanguíneo
Bilis amarillaVeranoCaliente y secaColérico
Bilis negraOtoñoFría y secaMelancólico
FlemaInviernoFría y húmedaFlemático

Según la teoría humoral, la mayoría de las enfermedades provienen de que unos humores predominen sobre otros. Por tanto la medicina debe perseguir el equilibrio entre unos y otros.

De nuevo, al igual que ocurría con la cosmología, lo importante no es si creemos la teoría humoral o no (¡claro que desde hace tiempo casi nadie la cree!) sino el hecho de que la imagen del cuerpo y de la enfermedad haya sido naturalizada. Esto es, que no se recurra a instancias transcendentes, situadas más allá del mundo en que vivimos.

La geometría y la noción de prueba demostrativa

Si analizamos el nombre de geometría observamos que se compone de oras dos: tierra (geo) y medida (-metria). En efecto, lo que hoy conocemos como una de las ramas de la matemática y cuya autoría atribuimos a los filósofos griegos, tiene su prehistoria en el repertorio de técnicas con que los funcionarios del antiguo Egipto medían las tierras, con el fin de calcular hasta donde habrían de llegar las crecidas del Nilo.

Los griegos conocieron estas técnicas para medir tierras. Pero no las utilizaron sólo para resolver asuntos prácticos, sino que también reflexionaron sobre ellas. Y de estas reflexiones obtuvieron una conclusión muy importante: la geometría -la matemática en general- es un tipo de lenguaje especial. Especial porque los enunciados (o sea, los juicios o proposiciones) geométricos están entrelazados como las cerezas cuando son sacadas de un cesto. Me explico. En geometría las proposiciones son probadas mediante otras proposiciones, de tal manera que si damos una o varias por verdaderas (por ejemplo que el ángulo situado sobre una línea recta es igual a dos rectos) habrá que afirmar que de estas verdades se siguen necesariamente otras (por ejemplo, que la suma de los ángulos de un triángulo es también a dos rectos, pues se puede demostrar a su vez que dicha suma equivale a un ángulo situado sobre una línea recta) (Este es un ejemplo tratado en clase).

La importancia de la geometría radica en que fue a partir de ella como en el pensamiento griego apareció el concepto de demostración o, si queréis, de prueba deductiva. Demostrar una proposición significa mostrar que negarla equivaldría a caer en una contradicción. Por tanto, demostrar es hacer ver que una proposición es necesariamente verdadera. Las proposiciones de la geometría son -en principio- de este tipo. Se las llama teoremas. Por desgracia no todas las cosas que afirma la ciencia y la filosofía se pueden demostrar como si se tratase de un teorema geométrico. Pero lo importante es saber que desde muy pronto -desde Platón al menos- la geometría se convierte en un especie de modelo para el resto de los saberes. Y adquiere tal dignidad precisamente por el modo en que sus enunciados pueden probarse. Por cierto que no es ninguna casualidad que Thales de Mileto, al que se le considera el primer filósofo en la historia del pensamiento nos legara a sus vez cinco teoremas, entre ellos el célebre que lleva su nombre y que todos conocéis.

Para los curiosos: demostración - o prueba- se dice en griego apodeixis, y es un término emparentado con dedo, dígito, índice... porque de alguna manera probar un enunciado es como señalarlo, indicarlo, como verdadero.

NOTA: el estudio de la geometría griega, concretamente la obra de Euclides merece un estudio más detallado que las pocas líneas que aquí se le dedican. En cualquier caso habrá un tema dedicado a ella durante el curso

La historiografía: de los poetas a los testigos

La historiografía es otro de los discursos racionales que aparecen en la antigüedad griega, a pesar de que filósofos como Aristóteles le dan injustamente una importancia inferior a la que tiene. Ya vimos páginas atrás, al estudiar el mito que éste era ante todo un relato. También la historia es un relato, una narración. Pero existen diferencias fundamentales entre una narración mítica y otra histórica. La época dorada del mito es aquella en que todavía no existe escritura (sí, de nuevo la escritura; ya sé que parece un poco pesado, pero es que es importantísimo). Eso quiere decir que no podía haber fechas. La razón es que las fechas deben ser apuntadas en algún lugar para ser recordadas. Cuando no se apuntan es casi imposible llevar la cuenta del paso de los años. En consecuencia, el pasado es algo oscuro, pues resulta imposible establecer cuánto tiempo separa al pasado del presente. Para entender esto debéis tener en cuenta que una fecha no es sino una estrategia memorística y de cálculo para saber cuánto tiempo separa un suceso pasado de nuestro presente, o bien cuánto tiempo separa dos acontecimientos pretéritos. Por ejemplo, decir que la paz de Westfalia tuvo lugar en 1648 no significa otra cosa sino que nos separan de ella 1987 menos 1648 años. O sea, 349 años. Y, si después se nos dice que Carlomagno fue coronado emperador en el año 800, es sencillo calcular o hacerse una idea de cuán anterior es este hecho que la paz de Westfalia. De ese modo las fechas operan como referencias gracias a las cuales somos capaces de formarnos una idea del pasado como una línea donde los acontecimientos aparecen ordenados según el antes y el después. Si no poseyéramos las fechas el pasado no sería representado de ese modo sino más bien como un saco donde los acontecimientos aparecen confundidos unos con otros en cuanto a su orden temporal. Vosotros mismos podéis hacer el experimento mental preguntándoos: ¿cuánto hace de la guerra de Troya? ¿Y de la historia del minotauro con que abríamos estas lecciones? ¿Y de la creación del mundo por el dios bíblico? La única respuesta posible es el encogimiento de hombros: el mito nos presenta un pasado sin fechas. Dicho de otro modo: no existe posibilidad de trazar una tirolina histórica entre el pasado mítico y nuestro presente. El mito habla pues de un tiempo diferente del tiempo histórico. (Algo así como otra dimensión temporal que nunca se cruza con la nuestra).

Aparte del ordenamiento del pasado mediante fechas, la historia presenta otra novedad importante respecto al mito. Recordaréis -otra vez- el comienzo de la Ilíada. Vimos que el prestigio de ése y otros relatos míticos provenía de que era una diosa, una musa, quien la comunicaba al poeta. ¿Podéis imaginar a un historiador diciendo, por ejemplo, que una diosa le indicó lo ocurrido durante la Guerra Civil o el proceso de creación del Estado de Israel, o la toma de Granada? Llamaríamos a alguien así cualquier cosa menos historiador. Porque -lo habéis adivinado- la historia se escribe a partir de testimonios, de testigos. La aparición del discurso histórico en Grecia significa que la credibilidad va a pasar del iluminado al testigo. De hecho, en griego la palabra istor significa testigo. Por supuesto se trata de otro aspecto de lo que más arriba llamábamos concepción profana (esto es, no sagrada) del saber. O, si queréis del proceso de secularización del conocimiento.

Resumiendo, podemos decir que la aparición del discurso histórico se basa en:

  1. Posibilidad de ordenar el pasado mediante fechas. Aparición de un tiempo que llamaremos histórico, diferente del tiempo pasado del que hablaba el mito.

  2. La legitimidad del saber histórico proviene, a diferencia de la del mito, de la presencia de testigos que observaron los acontecimientos históricos. Por tanto nos encontramos ante una forma profana o secularizada de saber.

Normalmente se habla del historiador griego Heródoto como del padre de la historia. En efecto, sus Historias suponen una novedad en el mundo intelectual griego. De todos modos, aquí escogeré a Tucídides como ejemplo de lo que significó el discurso historiográfico griego. Como sabéis, Tucídides fue un ateniense que relató la Guerra del Peloponeso, que enfrentó a espartanos y atenienses en el siglo V a.C. El comienzo de su Historia de la guerra del Peloponeso me parece uno de los textos más cruciales de nuestra cultura, y ningún estudiante debería desconocerlo. Dice así:

Tucídides, natural de Atenas, narró la guerra entre los peloponesos y los atenienses, cómo combatieron los unos contra los otros. Comenzó su obra recién declarada la guerra, porque previó que iba a ser grande y más famosa que todas sus precedentes.

El texto no parece muy espectacular, pero en realidad sí lo es: cuando Tucídides advierte que comenzó su trabajo al comienzo del conflicto, así como que era natural de Atenas, nos quiere decir que él estuvo allí, que lo que va a contar no es algo que sucediera en una era mítica, sino en un tiempo histórico, y que además él lo cuenta porque fue testigo de los sucesos. Sin duda nos encontramos ante una forma de contar relatos que ya no es mítica sino histórica.