La segunda analogía de la experiencia (Sobre la deducción de la categoría de causalidad). CONTENIDOS: 1) Resumen de la posición de Hume respecto al principio de causalidad. 2) El argumento de Kant sobre la necesidad del principio de causalidad. 3) Resumen
Además, la posición de Hume respecto al principio de causallidad en esta página también se puede leer aquí.
Hagamos antes de nada una breve exposición de las analogías de la experiencia. Éstas son reglas para ordenar y unificar nuestras percepciones por medio de lo que Kant describe como las "categorías esquematizadas de la experiencia". Dado que no disponemos de espacio para explicar cuál es el significado que para él tiene dicha expresión, limitémonos a pensar en las analogías (de la experiencia) como reglas para ordenar y unificar nuestra experiencia sensible.
De acuerdo con Kant, el principio de causalidad, o sea, que "todo suceso tiene una causa", es una verdad necesaria acerca de nuestra experiencia. El gran problema reside en que: si para Kant el principio de caualidad es una verdad necesaria sobre la experiencia, entonces a esto se le puede objetar que la negación de un juicio causal no constituye en sí misma una contradicción (recordemos a Hume). Hume ve en esto una justificación del escepticismo, puesto que afirmar que un fenómeno posee una causa es (para Hume) un juicio sintético "a posteriori", y no analítico. Pues bien, en la segunda analogía, Kant pretende precisamente refutar la postura escéptica de Hume respecto al principio de causalidad y demostrar que dicho principio (todo fenómeno tiene una causa) es un principio (o un juicio) sintético "a priori".
Hume se enfrenta al principio de causalidad al intentar responder a dos cuestiones:
La respuesta de Hume consiste en decir que la causalidad no es sino el resultado de la conjunción (de la aparición conjunta) de determinados sucesos sin que, en realidad, podamos decir (demostrar) que entre ellos exista una relación necesaria y objetiva que los vincule. Nuestra idea de que existe un vínculo *necesario* entre determinados objetos o sucesos no es sino un mecanismo o impulso involuntario de nuestras mentes por el cual éstas esperan que suceda B (por ejemplo, que haya humo) cada vez que perciben A (por ejemplo, el fuego). Así, lo que no es sino una costumbre subjetiva de nuestra mente es a menudo confundida con una relación objetiva (real) y necesaria entre fenómenos. La cual, para Hume, no puede ser demostrada.
Casi toda la discusión sobre el principio de causalidad en la parte III del Tratado sobre la naturaleza humana tiene que ver con la segunda cuestión; o sea, sobre si de la creencia de que A causa B se sigue la creencia de que B necesita A para ocurrir. Después de cien páginas de discusión, Hume regresa a la cuestión 1 y se enfrenta con ella en un breve párrafo. Bien, el argumento de Hume es como sigue. Las discusiones sobre la causalidad han dado lugar a una definición de la relación causal como la conjunción (coaparición) constante de dos fenómenos (objetos, sucesos ) sin que pueda deducirse (demostrarse) que deba de existir una relación necesaria entre ellos. La idea de dicha necesidad sólo procede de la expectativa de nuestra mente de que siempre que tenga lugar A (el suceso u objeto al que llamamos causa) suceda B (el suceso u objeto al que llamamos efecto). Dicha expectativa existe como resultado de la experiencia anterior (hasta ahora, siempre que ha ocurrido A ha sucedido B). Ahora bien, si el impulso espontáneo que lleva a la mente a esperar B siempre que sucede A es el auténtico origen de nuestra creencia en un vínculo *necesario* (al que llamamos "causa") entre dos fenómenos, entonces no hay manera de justificar (demostrar) la creencia en que dicho vínculo exista de una manera objetiva. Una idea que surge de un mero hábito de la mente no puede ser la base de creencia alguna en la objetividad de la necesidad causal. Pues bien, ésta viene a ser la postura de Hume sobre la cuestión 2.
A partir de aquí, Hume cree que puede arrojar alguna luz sobre la cuestión 1. El procedimiento es como sigue. Tenemos fe en el principio de causalidad (todo suceso tiene una causa) como consecuencia de nuestro éxito al formular relaciones causales particulares (la bola 1 mueve la bola 2, el fuego produce el humo etc.). Sin embargo, puesto que la relación causal carece, como hemos visto, de una base objetiva, tampoco existe esta base para justificar el principio general (todo suceso tiene una causa). Éste sólo tiene como base nuestra experiencia. O sea, es un principio a posteriori (en el idiolecto de Hume: una "cuestión de hecho" /matter of fact/).
Para entender las diferencias entre Kant y Hume acerca del pricncipio de causalidad, quizá también sea interesante tener en cuenta que el proceso de la argumentación de Hume comienza con la teoría general de las ideas (parte I del TNH), después trata de las ideas particulares del espacio y el tiempo (parte II del TNH) y, finalmente, llega al análisis de la idea de causa (parte III del TNH). Según argumenta Hume, la experiencia se ajusta a cierta estructura temporal. O sea, la mente reconocemos sucesos de acuerdo con patrones constantemente recurrentes (p. ej., nunca hemos visto el humo antes que el fuego). Es a partir de esto que llegamos a postular cadenas causales entre ellos:

Para Kant esto tiene lugar de una manera inversa. El reconocimiento de un orden temporal objetivo de eventos descansa sobre el reconocimiento del principio de causalidad. Para Hume, la percepción del orden temporal de los eventos es un dato primario. Para Kant lo primario es la intelección del principio de causalidad. Dicho de otro modo: la tesis de Kant es que somos capaces de reconocer un orden temporal objetivo gracias a que el principio de causalidad es un principio verdadero a priori. O sea, sin el principio de causalidad no habría un orden temporal objetivo.

En la "Deducción Transcendental (de las categorías)" Kant afirma que la autoconciencia sólo es posible si somos capaces de distinguir entre lo que es una experiencia subjetiva y lo que es un hecho objetivo. Todo aquello que nos faculte para establecer esa distinción debe a su vez ser verdadero respecto a nuestra experiencia. La tesis de Kant en la Segunda Analogía es que necesitamos el principio de causalidad para poder distinguir entre esos dos términos (o sea, entre experiencia subjetiva y hechos objetivos), por lo que dicho principio es necesariamente verdadero respecto a nuestra experiencia (o sea, no tendríamos una experiencia de los fenómenos si no aplicáramos el principio de causalidad).
El argumento parte de constatar una distinción respecto a nuestra experiencia que el sujeto[1] debe ser capaz de establecer. Se trata de la distinción entre el orden temporal de la experiencia subjetiva y el orden temporal de aquello (objetivo) de lo que tenemos experiencia. O sea, de los hechos objetivos. Supongamos que tengo una percepción de A seguida de la percepción de B. Que la percepción A sea seguida por la percepción B es compatible con que uno de los dos siguientes casos sea objetivo:
Antes de nada, fijémonos que en ambos casos mis percepción se dan en forma de sucesión temporal, mientras que sólo en el segundo caso lo que yo percibo (o sea, el suceso objetivo al que se refiere mi percepción) es realmente una sucesión temporal.
Los ejemplos que Kant suele emplear para ilustrar ambas posibilidades son el examen de una casa y la observación de un barco arrastrado río abajo por la corriente. En el primer caso mis sucesivas percepciones lo son de partes tales como el zaguán, el despacho, el salón, el baño, la terraza etc. Todos ellos se refieren a objetos coexistentes, a elementos que existen en el mismo tiempo. Mi flujo de percepciones genera la percepción de un todo formado por cierto número de elementos coexistentes. Sin embargo, en el segundo ejemplo, la cadena de mis percepciones se refiere a una cadena de diferentes estados del barco. O sea, a su posición cambiante a lo largo del río o del tramo del río en que lo percibimos. Dicho de otro modo: en ambos casos mis percepciones son subjetivamente sucesivas, pero sólo en el segundo, en el ejemplo del barco, se refieren a una sucesión objetiva de estados de cosas, o, si queréis, de fenómenos.
La cuestión que surge aquí es: ¿Cuál es la base sobre la cual podemos establecer esta distinción entre el orden temporal de nuestra experiencia subjetiva (la sucesión de percepciones tal y como tienen lugar en nuestra mente) y el orden temporal, objetivo, de los objetos (de los fenómenos) de los que tenemos experiencia? O sea, si tanto en el caso de la casa como en el del barco nuestra experiencia se da en forma de sucesión temporal de percepciones, ¿cómo somos capaces de saber que en el primero esa sucesión no se corresponde con el fenómeno considerado objetivamente (los diferentes elementos de la casa de los que tenemos experiencia existen todos en el mismo tiempo) mientras que en el segundo la sucesión de nuestras percepciones sí se corresponde con el orden objetivo de los fenómenos (realmente, el barco cambia sucesivamente de estados).
Pues bien, según Kant, en el segundo caso (en el del barco) la relación que establecemos entre nuestras percepciones del suceso es tal que necesariamente deben seguir cierto orden: un momento percibido como anterior debe necesariamente preceder a otro momento percibido como posterior. O sea, el orden temporal de nuestras percepciones es necesario, a diferencia de lo que ocurre en el caso de la casa, en el que puedo colocar antes la percepción de la cocina que la percepción de la terraza, o al revés, sin que por ello cambie la percepción que tengo del todo. O sea, el en caso de la casa, el orden temporal de las percepciones es subjetivo, mientras que en el caso del barco dicho orden se corresponde con algo objetivo. A partir de aquí, Kant llega a la conclusión de que la única relación entre el evento a y el evento b que puede establecer un orden necesario (objetivo) entre diferentes percepciones es el concepto de relación causal. O, si se prefiere, el principio de causalidad.
En el ejemplo de la casa donde los diferentes elementos son coexistentes pero percibidos como una sucesión Kant habla de un orden indiferente, esto es, el orden de las percepciones (subjetivas) no depende de que la casa (objetiva) esté organizada de una determinada manera. Esto no es así en el caso del barco que se desliza corriente abajo. Aquí, la secuencia de mis percepciones no sólo está determinada por el orden en que yo percibo los diferentes estados de ese suceso (fenómeno) sino por el orden en el que debo percibirlos para que la percepción lo sea de dicho suceso (fenómeno).
¿Cómo se explica la diferencia entre un caso y otro? De acuerdo con Kant, la razón de que el orden de la percepción del barco que baja la corriente sea irreversible es que los diferentes estados (fenómenos) que causan la secuencia temporal de mis percepciones se encuentran ellos mismos (o sea, de un modo objetivo) causalmente determinados para ocurrir en el orden en que lo hacen. Hay una explicación causal para que los diferentes estados del barco sigan una secuencia determinada y no otra. El orden objetivo de los diferentes estados del barco a lo largo de una secuencia temporal determina cuál será el orden subjetivo en que lo percibimos en una secuencia de percepciones. De hecho, lo que la percepción del barco moviéndose río abajo nos muestra es un orden objetivo de cosas, algunas de las cuales coexisten entre ellas mientras que otras se suceden unas a otras. Y la conclusión de Kant es que si dicha percepción puede darse de ese modio es porque debemos ser capaces de distinguir entre cosas que determinan el orden de nuestra percepción a causa del orden en que ellos ocurren y cosas que no determinan nuestra percepción porque no ocurren en algún orden determinado o necesariamente fijado.
Así, el argumento de Kant viene a decir que si determinadas secuencias de percepciones (como la del barco) se nos ofrecen como irreversibles, entonces esta irreversibilidad (o sea, el que no podamos modificar libremente el orden de la secuencia de percepciones a diferencia de lo que sucede en el ejemplo de la casa) implica necesidad. Mejor: implica una necesidad que procede de las cosas (objetivas) no del orden (subjetivo) de nuestras percepciones. Pues bien, ésta es la prueba que Kant invoca para demostrar el principio de causalidad (o sea, para demostrar que la causalidad pertenece al orden necesario de los fenómenos; que todo fenómeno tiene necesariamente una causa). Nuestro conocimiento de los eventos como una sucesión objetiva implica asimismo un conocimiento de la necesidad causal. El orden objetivo de los fenómenos en el tiempo determina cuál debe ser ese orden en nuestra percepción de esos fenómenos.
COROLARIO: debe tenerse en cuenta que el principio de causalidad (todo suceso tiene una causa) es un principio a priori. O sea, no se refiere a sucesos concretos (empíricos) sino a cualquier suceso (o fenómeno) en general. Dicho de otro modo: no dice qué causas provocan qué fenómenos. Esta investigación le corresponde a la ciencia empírica. O sea, a la física.
¿Cómo se relaciona todo esto con la afirmación de Kant según la cual el principio de causalidad es un principio (o juicio) sintético "a priori"?
"Todo suceso tiene una causa" es "a priori" porque al afirmar tal cosa estamos determinando que nuestra experiencia tendrá una determinada forma: no afirmamos cuál será nuestra experiencia (¿veremos la tiza caer cuando el profesor de filosofía la suelte o por el contrario la veremos ascender hasta el techo? Como sabía Hume, y en esto Kant está de acuerdo con él, esta cuestión no se puede resolver a priori) sino cómo será. Y será conforme el principio de causalidad.
Además, el principio de causalidad (todo suceso tiene una causa) es sintético. Y lo es porque la noción de causa no puede derivarse del análisis de la noción del suceso, sino, más bien, de nuestra capacidad de distinguir un orden temporal subjetivo de otro objetivo, lo que presupone que el orden de algunos sucesos es necesario (el barco que baja por la corriente) mientras que el de otros no lo es (el orden de nuestras percepciones de una casa).
elemento en construcción