Estos apuntes son un breve bosquejo de los diversos modos en que F. Nietzsche ha influido en el pensamiento del siglo XX. Pueden ser útiles a la hora de rematar una redacción sobre el autor en selectividad.
Más allá de la desgraciada retórica de Nietzsche sobre la moral de esclavos y la moral de señores, sobre los fuertes y los débiles, imposible de asumir en un siglo como el XX, jalonado por acontecimientos que se hallan en la mente de todos, lo cierto es que muchas ideas de Nietzsche han tenido eco en la filosofía posterior a su muerte.
En la filosofía de la ciencia, Nietzsche, como ya se ha dicho, se anticipó a algunas tesis como las de Kuhn y Feyerabend, en la medida en que cuestiona que la ciencia sea un discurso diferente de otros en cuanto a sus pretensiones de verdad. Como hemos dicho, Nietzsche parece comprender la idea de que existen diferentes marcos conceptuales y de que la verdad de un enunciado sólo tiene sentido dentro de un marco conceptual (lo que Kuhn llamaba “paradigma”). Asimismo, cada vez más los filósofos y sobre todo los historiadores de la ciencia han llamado la atención sobre la importancia del lenguaje metafórico en la historia de la ciencia.
El pensamiento de Nietzsche también está cercano al de los pragmatistas del siglo XIX como James o a otros del siglo XX como John Dewey y, en nuestros días, Richard Rorty. Como Nietzsche y como los primeros pragmatistas norteamericanos, Rorty dice que la verdad, entendida de un modo tradicional, como representación adecuada a la realidad, no tiene sentido. Es imposible de alcanzar. Por eso, a Rorty le parece más razonable el esfuerzo por defender unas creencias sobre otras sobre la base de sus consecuencias prácticas. Aquellas creencias que mejoren nuestra vida, que nos hagan más libres, que fortalezcan las instituciones democráticas etc. Merecen ser defendidas sobre las demás. Qué duda cabe que la posición de Rorty se asemeja mucho a la definición que hace Nietzsche de la verdad como aquello que “favorece la vida”, por más que Rorty intenta despojar sus ideas de la carga metafísica que conceptos como el de “vida” poseen –indudablemente- en Nietzsche. Ni que decir tiene que también se separa de Nietzsche en su defensa de la democracia liberal.
También influye nuestro autor, de una forma si se quiere algo vaga, en ese elenco más o menos abigarrado de ideas que se ha dado en llamar “Postmodernidad”. La Postmodernidad parte de constatar la debilidad de la razón humana para establecer un único concepto de bien, una única verdad, una sola racionalidad etc. De hecho, una de sus marcas filosóficas es el eslogan de “pensamiento débil”, Frente a las antiguas pretensiones racionalistas, tildadas ahora de absolutistas, los postmodernos parecen inclinarse por la cohabitación tolerante de multitud de verdades contradictorias entre sí; e incluso por la cohabitación de diferentes morales. Asimismo, parecen reivindicar la experiencia artística frente a la experiencia filosófica. En todo caso, quizá el punto de desencuentro entre los pensadores postmodernos y Nietzsche radique en la concepción aristocrática que este tiene de la vida. Nietzsche nunca dejó de predicar las aspiraciones a lo sublime, a lo excelente, a lo que sólo estaba reservado para unos pocos, mientras que los postmodernos se esfuerzan con frecuencia en desdibujar las antiguas líneas que en Occidente han separado la alta cultura de la cultura popular, la cultura de élites de la cultura de masas. Así, difícilmente algunas propuestas del arte postmoderno como el pop-art o los manifiestos artísticos de Warhol (“cada uno debe tener sus quince minutos de gloria”) o Duchamp (un retrete puede ser una obra de arte) pudieran haber complacido a Nietzsche. Pero, en fin, estamos en el terreno de las presuposiciones.
Por último, no podemos dejar de nombrar al que quizá haya sido el filósofo contemporáneo más conscientemente influido por Nietzsche: Michel Foucault. El pensamiento de Foucault parte de la ecuación que Nietzsche establece entre saber y poder. Para ambos pensadores, toda “verdad”, todo saber, es en primer lugar el intento de una comunidad, de una casta, de una clase… de imponerse frente a otras. Por eso la historia del saber (la historia de la ciencia, de las creencias sancionadas por las diferentes épocas) no oculta sino relaciones de poder: la historia de la verdad es la historia de esas relaciones. A partir de aquí, Foucault emprende una investigación empírica dirigida a hacer una historia de los diferentes saberes que ha cultivado la cultura occidental para intentar descubrir las formas de poder y de dominio que se ocultan tras ellas. Algunos ejemplos de estas investigaciones lo constituyen la historia de la locura (de aquellas creencias que se han ido sucediendo a lo largo de la historia sobre la locura y la enfermedad mental), la historia de la sexualidad (o sea, de los diferentes discursos sobre el sexo que se han venido sucediendo en Occidente) de las instituciones clínicas, de la lingüística, de las creecias sobre las razas, sobre las drogas etc. Como digo, tras cada una de esas historias, lo que a Foucault le interesa es descubrir formas de ejercer el poder por parte de sus protagonistas. Para Foucault, como para Nietzsche, toda forma de “saber” es una forma de afirmar el poder.
elemento en construcción