Nota: Esta redacción puede servir para orientaros a la hora de constestar unos de los ejercicios típicos sobre Platón: exponer y explicar la alegoría de la caverna.
El mito de la caverna es una alegoría de la que Platón se vale para exponer su teoría de las ideas así como las implicaciones sociales, políticas y educativas de la misma. Puede decirse que es la versión “asequible”, plástica, narrativa... de lo que acaba de poner, al final del libro VI de La República, en el texto de la línea dividida.
La alegoría de la caverna comienza describiendo una cueva en cuyo interior más profundo unos hombres permanecen encadenados desde su nacimiento. Esos hombres han sido obligados a contemplar la sucesión de sombras que desfila sobre el muro de la cueva. Al no conocer otra realidad salvo dichas sombras toman a éstas como lo único real que existe. En realidad Platón se vale de esta imagen para describir el estado en que se encuentran los ciudadanos que, habiendo sido educados por sofistas o por los versos de Homero y otros poetas, sólo son capaces de conocer el mundo a través de imágenes (eikasía).
Posteriormente Platón nos hace imaginar que uno de esos hombres es liberado de sus cadenas y obligado a ascender tras la fila de sus compañeros, que han quedado frente al muro. Podría ver cómo las sombras eran producidas por objetos que otros hombres transportan y por el fuego que, tras ellos, las proyecta sobre el muro. Esta parte se corresponde con el segundo nivel de la línea dividida: el de los objetos físicos del mundo sensible, de los que sólo cabe, en términos de Platón, tener creencias (pistis). Aunque es difícil traducir el pensamiento de Platón a términos contemporáneos, podemos distinguir entre pistis y eikasía como la diferencia entre conocer objetos sensibles de los que se tiene una experiencia directa (por ejemplo, una ciudad que hemos visitado) y conocerla a través de imágenes (fotografías o lo que otros nos cuentan sobre ella).
Otro punto interesante es el de identificar a los porteadores de las sombras. Es aventurado emitir una hipótesis, pero por lo que sabemos de Platón tal vez no sea desacertado ver en ellos a los representantes de sistemas educativos (paideia) que Platón rechazaba y a la que opuso a suya propia. Me refiero a la paideia tradicional que consistía en el aprendizaje de los versos de Homero y aquella otra que proponían los sofistas, consistente en el dominio de la retórica. Después de todo, y de acuerdo con Platón, los administradores de uno y otro modelo eran responsables de propagar una imagen falsa de la realidad que era tomada por los ciudadanos de la decadente democracia ateniense como algo real.
También da pie a pensar así que Platón diga que unos callan y otros hablan. Tal vez los que hablan sean maestros de retórica y los que callan sea Homero, desaparecido hace tiempo pero silenciosamente presente a través de sus versos. En todo caso, esto sólo puede ser una hipótesis.
El siguiente estadio que debe recorrer el ex-prisionero le conduce al exterior de la gruta. Es ahí donde descubre que la caverna constituía realmente una realidad ilusoria, una realidad degradada y confusa en comparación con el mundo que ahora descubre. La oposición entre la cueva y el exterior es una metáfora de la oposición entre objetos sensibles y objetos inteligibles de la que habló en el texto de la línea.
El problema ahora es que los ojos del antiguo prisionero se encuentran cegados por la intensa luz del exterior. Así que, continúa Platón, debe contentarse con las sombras o los reflejos en algún estanque de los seres vivos que allí habitan. Este momento se corresponde con los objetos matemáticos de la línea dividida, que servían como punto de inflexión entre los objetos sensibles y los inteligibles. Y ello porque la matemática tiene para Platón un valor dual: por un lado la aprendemos a partir de dibujos (sensibles) pero por otro nos deben llevar a entender relaciones eternas de objetos puramente abstractos (el círculo o el triángulo del que hablan los geómetras, tal como saben quienes entienden la geometría, no son dibujos, sino ideas). De este modo, los reflejos y las sombras a través de los cuales los ojos del prisionero se habitúan a la intensa luz del exterior, se corresponden con el valor propedéutico que Platón reserva a la matemática en el currículo que debe completar quien aspire a la filosofía. También podemos invocar aquí la leyenda que, según una tradición, presidía el pórtico de la Academia, y que disuadía de entrar en ella sin conocimientos de geometría. Dicho de modo breve: el estudio de la matemática es la antesala de la filosofía entendida como saber sobre ideas abstractas.
Finalmente, la contemplación de los seres vivos que habitan el exterior (en contraposición a los objetos inertes del interior) representa el conocmimiento filosófico, que para Platón parece consistir en la comprensión intelectual de ideas. El conocimiento sobre la justicia en sí, la virtud en sí etc., diferentes de las opiniones sobre la justicia o la virtud. A ese tipo de saber también lo llama Platón dialéctica, y a él corresponde una actividad intelectual llamada noesis (de nous: inteligencia), que podemos traducir como intelección o intuición intelectual.
Por último, Platón habla de la contemplación del mismo Sol como el último grado de conocimiento. El Sol, dice, se corresponde con la idea de Bien (que no nombró en el texto de la línea). Se trata de un fragmento enigmático, que plantea más dudas que otra cosa acerca de qué entendía Platón por Bien. Según él, al igual que el Sol hace posible la existencia de los seres vivos del exterior así como proporciona la luz que nos permite verlos, la idea de bien cumple una doble función respecto al mundo de las ideas: es el fundamento ontológico (hace posible sus existencia) y epistemológico (hace posible el conocimiento de las mismas). El problema, insisto, es que no aclara –más allá de la metáfora del Sol- de qué manera unas ideas pueden sustentar la existencia de otras, o cómo pueden hacerlas inteligibles [cognoscibles].
Más interesante, si cabe, el discurso de Platón una vez consumada la liberación completa del prisionero: éste debe regresar a la caverna a liberar a los demás. Se trata de un giro lleno de consecuencias. Para empezar, significa que la filosofía tiene una función social, no sólo individual. No siempre los filósofos han pensado de este modo. Con frecuencia han entendido que la función de la filosofía era hacer felices y prudentes a los sabios que, individualmente, se adentraban en el camino del conocimiento. Será el caso, por ejemplo, d las escuelas helenísticas tras la conquista de las ciudades griegas por Alejandro. En cambio, el exprisionero que regresa a la caverna se parece más a Sócrates. Éste situaba la labor filosófica en el ágora, en la plaza pública. La filosofía era, así, una actividad propia de una democracia donde los hombres buscan la mejor definición de bien, de justicia o de virtud, y donde unos unos ayudan a la iluminación de otros mediante la persuasión racional.
Sin embargo, como es sabido, Sócrates acabó condenado a muerte por los tribunales de la democracia ateniense. Este hecho parece inspirar el final que Platón predice para el exprisionero que regresa a liberar a sus antiguos compañeros: la burla y la incomprensión al principio, la molestia y el enfado después y, por último, su vida misma vida acabará amenazada por quienes, sujetos a las cadenas de una falsa educación, son incapaces de reconocer al auténtico sabio cuando están ante él. Sin duda, es el momento más trágico del mito de la caverna.
Quizá en la alusión a Sócratres Platón está justificando la incompatibilidad entre la democracia y la filosofía. Porque finalmente, a diferencia de Sócrates (de la figura que él mismo describe), Platón no alberga ilusiones sobre las posibilidades de que el saber pueda llegar a todos los ciudadanos. La mayoría de éstos se mantendrá ignorante, y sólo un pequeño grupo podrá recorrer el camino de una paideia que conduce a la filosofía. Éste es el argumento que subyace a su ideal de un gobierno de sabios: una mayoría ignorante jamás reconocerá a una minoría sabia. Quienes conocen la justicia en sí – los filósofos, en el sentido platónico del término- sólo podrán ser gobernantes en una dictadura.
De ahí surge la conclusión más sombría del pensamiento de Platón. Me refiero a su conexión con el totalitarismo, tal como denunció Popper en su obra sobre los enemigos intelectuales de las sociedades abiertas (democráticas). En definitiva, todo totalitarismo conserva algo de la teoría política de Platón, a saber, la pretensión de encarnar la idea de Bien en sí (más que la pura convivencia) en una sociedad real, sumada a la pretensión de que sólo unos pocos son capaces de entender qué significa realmente ese Bien en sí. Pero ése es un tema que ya excede los límites de esta redacción.
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