Filosofía, 2005, Junio
Selectividad Comunidad Valenciana (PAU) 2005 Junio. Filosofía
Opción primera
I. Texto
Pues en virtud de los razonamientos que acabo de hacer, para conocer la naturaleza de Dios, hasta donde la mía es capaz de conocerla, bastábame considerar todas las cosas de que hallara en mí mismo alguna idea y ver si era o no perfección el poseerlas, y estaba seguro de que ninguna de las que indicaban alguna imperfección está en Dios, pero todas las demás sí están en Él; así veía que la duda, la inconstancia, la tristeza y otras cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que mucho me holgara yo de verme libre de ellas. Además, tenía yo ideas de varias cosas sensibles y corporales, pues aun suponiendo que soñaba y que todo cuanto veía e imaginaba era falso, no podía negar, sin embargo, que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Mas habiendo ya conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, y considerando que toda composición denota dependencia, y que la dependencia es manifiestamente un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección en Dios el componerse de esas dos naturalezas, y que, por consiguiente, Dios no era compuesto; en cambio, si en el mundo había cuerpos, o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fuesen del todo perfectas, su ser debía depender del poder divino, hasta el punto de no poder subsistir sin él un solo instante.
Quise indagar luego otras verdades; y habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que concebía yo como un cuerpo continuo o un espacio infinitamente extenso en longitud, anchura y altura o profundidad, divisible en varias partes que pueden tener varias figuras y magnitudes y ser movidas o trasladadas en todos los sentidos, pues los geómetras suponen todo eso en su objeto, repasé algunas de sus más simples demostraciones, y habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye a estas demostraciones se funda tan sólo en que se conciben con evidencia, según la regla antes dicha, advertí también que no había nada en ellas que me asegurase de la existencia de su objeto, pues, por ejemplo, yo veía bien que, si suponemos un triángulo, es necesario que los tres ángulos sean iguales a dos rectos; pero nada veía que me asegurase que en el mundo hay triángulo alguno; en cambio, si volvía a examinar la idea que yo tenía de un ser perfecto, encontraba que la existencia está comprendida en ella del mismo modo que en la idea de un triángulo está comprendido el que sus ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes sean igualmente distantes del centro, y hasta con más evidencia aún; y que, por consiguiente, tan cierto es por lo menos que Dios, que es ese ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser una demostración de geometría.
Pero si hay algunos que están persuadidos de que es difícil conocer lo que sea Dios, y aun lo que sea el alma, es porque no levantan nunca su espíritu por encima de las cosas sensibles y están tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación —que es un modo de pensar particular para las cosas materiales— que lo que no es imaginable les parece no ser inteligible. Lo cual está bastante manifiesto en la máxima que los mismos filósofos admiten como verdadera en las escuelas, y que dicen que nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en el sentido [Nihil est in intellectu, quod non prius fuerit in sensu], en donde, sin embargo, es cierto que nunca han estado las ideas de Dios y del alma; y me parece que los que quieren hacer uso de su imaginación para comprender esas ideas, son como los que para oír los sonidos u oler los olores quisieran emplear los ojos; y aún hay esta diferencia entre aquéllos y éstos: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetivos que el olfato y el oído de los suyos, mientras que ni la imaginación ni los sentidos pueden asegurarnos nunca cosa alguna, como no intervenga el entendimiento.
R. DESCARTES, Discurso del método, Parte IV
I. Cuestiones
- Analice el/la alumno/a el significado que tienen en el texto los conceptos de “imaginación” y “entendimiento”.
- Explique el/la alumno/a cómo llega Descartes a concluir que “tan cierto es por lo menos que Dios, que es ese ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser una demostración de geometría”.
I. Redacción:
Duda y criterio de verdad en Descartes.
II. Texto
Nuestro autor procede a explicar esta manera o sentimiento, que hace a la creencia ser diferente de una concepción vaga. Parece estar percatado de que es imposible describir con palabras este sentimiento, del que cada uno debe ser consciente en su propio corazón. Lo llama a veces una concepción más fuerte, y otras una concepción más vivaz, más vívida, más firme, o más intensa. Y ciertamente, cualquiera que sea el nombre que podamos dar a este sentimiento, que constituye la creencia, nuestro autor piensa que es evidente que ejerce un efecto más vigoroso sobre la mente que la ficción y la mera concepción. Y esto él lo prueba por la influencia de dicho sentimiento sobre las pasiones y sobre la imaginación; las cuales son movidas solamente por la verdad o por lo que es tomado por tal. La poesía, con todo su arte, nunca puede causar una pasión semejante a la experimentada en la vida real. Muestra una deficiencia en la concepción original de sus objetos, a los que nunca siente de la misma manera que aquellos que gobiernan nuestra creencia y nuestra opinión.
Nuestro autor, presumiendo haber probado suficientemente que las ideas a las que asentimos son diferentes, para el sentimiento, de las otras ideas, y que este sentimiento es más firme y vivaz que nuestra concepción común, se esfuerza a continuación por explicar la causa de este sentimiento vivaz mediante una analogía con otros actos de la mente. Su razonamiento parece ser curioso; pero difícilmente podría resultar inteligible, o al menos probable, para el lector, sin la ayuda de una larga digresión, que excedería los límites que me he prescrito a mí mismo.
Similarmente, he omitido muchos argumentos, que el autor aduce para probar que la creencia consiste meramente en un sentimiento peculiar. Mencionaré solamente uno; nuestra experiencia pasada no es siempre uniforme. A veces, se sigue un efecto de una causa, y a veces otro: En cuyo caso creemos siempre que existirá aquello que es lo más común. Veo una bola de billar que se mueve hacia otra. No puedo distinguir si se mueve sobre su eje, o fue impulsada para pasar rasando a lo largo de la mesa. En el primer caso, sé que no se detendrá después del choque. En el segundo, puede detenerse. El primero es el más común, y por lo tanto, me dispongo a contar con ese efecto. Pero también concibo el otro efecto, y lo concibo como posible, y como conectado con la causa. Si no fuera una concepción diferente de la otra en el sentimiento, no habría diferencia alguna entre ellas.
En la totalidad de este razonamiento nos hemos confinado a la relación de causa y efecto, tal como se descubre en los movimientos y operaciones de la materia. Pero el mismo razonamiento es extensivo a las operaciones de la mente. Ya sea que consideremos la influencia de la voluntad en el movimiento de nuestro cuerpo, o en el gobierno de nuestro pensamiento, puede afirmarse con seguridad que nunca podríamos predecir el efecto, sin experiencia, partiendo meramente de la consideración de la causa. E incluso después de que tengamos experiencia de estos efectos, es la costumbre solamente, no la razón, la que nos determina a hacer de ella el canon de nuestros futuros juicios. Cuando la causa está presente, la mente, por hábito, inmediatamente pasa a la concepción y creencia del efecto usual. Esta creencia es algo que es diferente de la concepción. Sin embargo, no le añade ninguna nueva idea. Sólo hace que sea sentida de modo diferente, tornándola más fuerte y vívida.
(D. HUME, Un compendio de un tratado de la naturaleza humana
II. Cuestiones
- Analice el/la alumno/a el significado que tienen en el texto los conceptos de “creencia” y “hábito”.
- Explique el/la alumno/a las razones por las que Hume afirma que la creencia “ejerce un efecto más vigoroso sobre la mente que la ficción y la mera concepción”.
II. Redacción:
Ciencia de la naturaleza humana y empirismo en Hume.
Opción segunda
I. Texto
No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante objetos que afectan a nuestros sentidos y que ora producen por sí mismos representaciones, ora ponen en movimiento la capacidad del entendimiento para comparar estas representaciones, para enlazarlas o separarlas y para elaborar de este modo la materia bruta de las impresiones sensibles con vistas a un conocimiento de los objetos denominado experiencia? Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella.
Pero, aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia. En efecto, podría ocurrir que nuestro mismo conocimiento empírico fuera una composición de lo que recibimos mediante las impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer produce (simplemente motivada por las impresiones) a partir de sí misma. En tal supuesto, no distinguiríamos esta adición respecto de dicha materia fundamental hasta tanto que un prolongado ejercicio nos hubiese hecho fijar en ella y nos hubiese adiestrado para separarla.
Consiguientemente, al menos una de las cuestiones que se hallan más necesitadas de un detenido examen y que no pueden despacharse de un plumazo, es la de saber si existe semejante conocimiento independiente de la experiencia e, incluso, de las impresiones de los sentidos. Tal conocimiento se llama a priori y se distingue del empírico, que tiene fuentes a posteriori, es decir, en la experiencia.
De todas formas, la expresión a priori no es suficientemente concreta para caracterizar por entero el sentido de la cuestión planteada. En efecto, se suele decir de algunos conocimientos derivados de fuentes empíricas que somos capaces de participar de ellos o de obtenerlos a priori, ya que no los derivamos inmediatamente de la experiencia, sino de una regla universal que sí es extraída, no obstante, de la experiencia. Así, decimos que alguien que ha socavado los cimientos de su casa puede saber a priori que ésta se caerá, es decir, no necesita esperar la experiencia de su caída de hecho. Sin embargo, ni siquiera podría saber esto enteramente a priori, pues debería conocer de antemano, por experiencia, que los cuerpos son pesados y que, consiguientemente, se caen cuando se les quita el soporte.
En lo que sigue entenderemos, pues, por conocimiento a priori el que es absolutamente independiente de toda experiencia, no el que es independiente de esta o aquella experiencia. A él se opone el conocimiento empírico, el que sólo es posible a posteriori, es decir, mediante la experiencia. Entre los conocimientos a priori reciben el nombre de puros aquellos a los que no se ha añadido nada empírico. Por ejemplo, la proposición “Todo cambio tiene su causa” es a priori, pero no pura, ya que el cambio es un concepto que sólo puede extraerse de la experiencia.
I. KANT, rítica de la razón pura, “Introducción”
I. Cuestiones
- Analice el/la alumno/a el significado que tiene en el texto los conceptos de “conocimiento a priori” y “conocimiento empírico”.
- Explique el/la alumno/a las razones por las que Kant afirma que “aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia”.
I. Redacción:
Los juicios de la ciencia según Kant.
II. Texto
Después de haber deducido así, de la impresión de los objetos sensibles y del sentimiento interior que me lleva a juzgar las causas según mis luces naturales, las principales verdades que me importaba conocer, me queda por buscar las máximas que de ello debo sacar para mi conducta, y las reglas que debo prescribirme para cumplir mi destino sobre la tierra según la intención de quien aquí me ha puesto. Siguiendo siempre mi método, no deduzco esas reglas de los principios de una alta filosofía, sino que las encuentro en el fondo de mi corazón escritas por la naturaleza en caracteres indelebles. No tengo más que consultarme sobre lo que quiero hacer; cuanto siento que está bien, está bien, cuanto siento que está mal, está mal: el mejor de todos los casuistas es la conciencia, y sólo cuando se chalanea con ella es cuando recurrimos a las sutilezas del razonamiento. El primero de todos los cuidados es el de sí mismo; sin embargo, ¡cuántas veces la voz interior nos dice que haciendo nuestro bien a expensas de otro hacemos mal! Creemos seguir el impulso de la naturaleza y nos resistimos a él: al escuchar lo que dice a nuestros sentidos despreciamos lo que dice a nuestros corazones; el ser activo obedece, el ser pasivo ordena. La conciencia es la voz del alma, las pasiones son la voz del cuerpo. ¿Puede sorprender que a menudo esos dos lenguajes se contradigan? Entonces, ¿a cuál hay que escuchar? Con demasiada frecuencia nos engaña la razón; hemos adquirido sobradamente el derecho a recusarla; pero la conciencia no engaña jamás, es la verdadera guía del hombre: es al alma lo que el instinto al cuerpo; quien la sigue obedece a la naturaleza y no teme extraviarse. Este punto es importante, prosiguió mi bienhechor, al ver que yo iba a interrumpirle: permitid que me detenga algo más para aclararlo.
Toda la moralidad de nuestras acciones reside en el juicio que de ellas llevamos en nosotros mismos. Si es cierto que el bien es bien, debe serlo en el fondo de nuestros corazones tanto como en nuestras obras, y el primer premio de la justicia es sentir que la practicamos. Si la bondad moral está conforme con nuestra naturaleza, el hombre sólo podría ser sano de espíritu y bien constituido cuando es bueno. Si no lo está, y el hombre es naturalmente malvado, no puede dejar de serlo sin corromperse, y la bondad no es en él más que un vicio contra natura. Hecho para dañar a sus semejantes como el lobo para degollar a su presa, un hombre humano sería un animal tan depravado como un lobo despiadado, y sólo la virtud nos dejaría remordimientos.
J-J ROUSSEAU, La profesión de fe del vicario saboyano
II. Cuestiones
- Analice el/la alumno/a el significado que tienen en el texto los conceptos de “corazón” y “razón”.
- Explique el/la alumno/a cómo llega Rousseau a concluir que “toda la moralidad de nuestras acciones reside en el juicio que de ellas llevamos en nosotros mismos”.
II. Redacción:
Deísmo y religión natural en Rousseau.